¿Qué pasa cuando nada cambia?

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Lugar: Manchester Center, Vermont.

Una vez leí un tweet que decía “Tan joven y con tanto miedo” tenía 16 años y esa simple frase con seis palabras me marcó a tal punto que hoy estoy escribiendo sobre ello. Después de haberla leído me quedé pensando en todas esas cosas a las que tenía miedo. De solo pensarlo me da un poco de gracia: me daba miedo dar mi opinión, cambiarme el corte de cabello, vestirme de una forma distinta, abrirme con las personas, decirle lo que sentía por ellas (tanto familia como amigos). Todo me daba miedo, principalmente ser yo misma.

Y el miedo venía de la mano con otra cosa, el cambio. Durante mucho tiempo me resistía aceptar que todo es cambiante; cuando encontraba comodidad con ciertas personas o etapas de mi vida me negaba a que en algún momento eso podía cambiar. Y eso solo me traía frustración, e inclusive me enojaba con la vida misma. Pero al cambio no le importa si estás de acuerdo o no, simplemente continúa haciendo su trabajo y en ese caso lo único que nos queda es aceptar la realidad que nada es permanente y prepararnos para los cambios futuros.

Cuando logré entender esto después de varios golpes y un par de libros, me di cuenta que incluso para lograr cambios positivos en mi vida (como mejorar mis relaciones sociales) yo tenía que integrarme a ese proceso evolutivo de las cosas. En mi segunda entrada Hablemos de Amor compartí con ustedes una frase de Albert Einstein y la vuelvo a compartir porque está llena de mucha verdad

No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo.”

Estas son palabras que llaman a la acción para algo en específico: Salgamos de nuestra zona de confort si queremos que ciertos aspectos de nuestras vidas cambien para bien, porque eso sí, el cambio siempre debe estar enfocado en resultados que nos aporten a crecer como personas.

En este post mi propósito es contarles a través de mi experiencia como fue que pasé de tener miedo a cualquier cambio, a retarme a mi misma todo los días para convertirme en la persona que quiero ser.

Solo para dejarlo claro, cuando hablo de cambio me refiero a esa acción que altera el estado actual y estable de algo (En: Significados.com) y con respecto a la zona de confort, a ese estado mental en el que nos sentimos seguros porque controlamos las circunstancias, nuestro comportamiento y las cosas que suceden en nuestro entorno inmediato, cuya seguridad proviene del hecho que al controlar casi todas nuestras acciones podemos predecir lo que puede suceder si hacemos una cosa o la otra. (En: Womenalia, Desireé García, 2017).

Ambos aspectos son de vital importancia porque tienen la capacidad de definir nuestro comportamiento en situaciones de la vida diaria, ya sea en nuestra relación con los más cercanos, logros académicos y laborales, nuevas experiencias, etc. Además, dicho comportamiento puede determinar la forma en que vamos  a enfrentar los diferentes retos que se nos presentan, que si los manejamos de forma errónea pueden hacernos perder oportunidades de crecer como personas.

Por ejemplo: se puede perder una beca en el exterior por temor a salir de la comodidad del hogar; la oportunidad de ser ascendido en un trabajo por no querer movernos de esa silla que tanto nos gusta y desarrollar nuevas habilidades y en el caso de los amigos o noviazgo), perder a una persona valiosa por no hacer ningún esfuerzo para mantenerla cerca de nosotros, porque estamos acostumbrados a que sean otros los que den el primero paso.

Antes de continuar hay algo que debe quedar claro, si queremos que algo de nuestro exterior cambie, el primer cambio debe venir desde adentro, de nosotros.

Cambiar no es fácil porque no se trata de un cambio de peinado, de la forma de vestirse o de caminar. Este cambio se trata de algo más sustancial, de algo que se encuentra profundamente arraigado dentro de nosotros, que son nuestros pensamientos, actitudes y decisiones que tomamos. Y bueno, cuantos de nosotros no hemos escuchado la típica promesa de “voy a cambiar”, ¡Ah! pero es que decirlo es una cosa y llevarlo a la práctica es otra”.

Si bien es cierto que no soy psicóloga, ni tampoco tengo una edad que me haya cargado de miles de experiencias, a mis diecinueve años he logrado conocer a personas sabias que han sabido guiarme por el camino y me han dejado un aprendizaje que quiero compartir con ustedes, mis lectores, a quienes aprecio mucho.

Entonces, lo primero que sentimos al intentar salir de esa zona es pánico, porque se trata de ver a nuestros mayores miedo cara a cara; y luego viene el miedo, la incertidumbre de no saber lo qué puede pasar, de ir caminando a ciegas sin  poder ver contra qué pared vamos a chocar, miedo a que las cosas no salgan bien y fallemos, miedo a que no nos guste el nuevo estado que adoptemos… la lista es infinita.

Hablar del miedo es muy importante porque tiene la capacidad de paralizarnos y con ello matar esa posibilidad de reinventarnos, de seguir descubriendo nuevas facetas, capacidades, características de este ser humano que dentro de sí guarda joyas preciosas, lugares por conquistar. El miedo nos puede volver obsoletos, como ese televisor que ya nadie compra, o esa cámara cuya resolución ya no cubre ninguna necesidad. En ningún momento quiero compararnos con objetos, pero quiero que quede bien claro que el miedo solo nos detiene.

Pero hay un modo, hay pasos, recomendados por expertos en el tema, los cuales encontré en dos libros: “Los 7 hábitos de la gente altamente efectivas” de Stephen Covey y “¿Quién se ha llevado mi queso”  de Spencer Jhonson (uno de mis favoritos. Al final hallarán el link de descarga) ambos se los recomiendo a todos sin excepción.

Con respecto al proceso de cambio, este puede variar de persona en persona, pero en mi caso lo primero que hice para salir de mi zona de confort fue aceptar que solo yo soy la responsable de mi propia vida, cuya responsabilidad radica en la capacidad que tengo (que en realidad todos tenemos) de responder hacia los estímulos del entorno; ser responsable también es dejar de esperar a que alguien más venga a hacer el trabajo por mi y dejar de culpar a otras personas o al “universo” de mis propias desgracias.

En mi caso dejé de ser una persona reactiva, es decir, una persona que construye su vida alrededor de la conducta y opiniones de otros. Aprendí que cosas como un mal clima o una mala cara que hayamos recibido no tiene el poder de arruinar todo nuestro día, ni mucho menos tiene que ser la razón por la cual descarguemos nuestra ira e incomodidad con personas que no tienen la culpa de la descortesía y mala intención de otros.

Al principio fue difícil, me di cuenta que siempre dejaba que las palabras, actitudes y acciones de los demás me afectaran. Mi día automáticamente era malo si la camisa que iba a ponerme tenía una mancha o si el almuerzo que pedí me lo dieron equivocado.

Al dar mis primeros pasos de independencia emocional (que aún sigo en la lucha porque nunca acaba), poco a poco comencé a ver los resultados y al notar que eran mucho mejor de lo que esperaba, me dio coraje de continuar incluso en otros aspectos, como cambiar también mi actitud competitiva y un tanto a la defensiva, entre otras cosas.

Sin embargo, cambiar efectivamente no solo requiere de abrazar esa responsabilidad, sino también hacer ciertos cambios en nuestras percepciones (nuestra comprensión del mundo guiado por lo que hemos aprendido). Resulta inevitable no tenerlas, puesto que incluso antes de nacer nuestros padres deciden qué es lo que van a enseñarnos y en qué debemos de creer; tener un modelo de pensar no es malo, es más, es necesario, el problema se da cuando este modelo es el erróneo ¿y cómo saber que no es el correcto? Cuando no está basado en valores y principios sino en emociones, sentimientos, ideologías y convicciones que a veces incluso le pertenecen a otros.

Me ha llevado mucho tiempo realizar esa revisión internar, darme cuenta de esos puntos ciegos (defectos o virtudes que yo no puedo ver por mí misma pero que los demás sí) que tengo; requiere de mucha dedicación y auto-dialogo, de un examen continuo de mi misma, pero cuando logro reconocer qué formas de pensar son las que me están llevando al fracaso y de qué manera estoy respondiendo, en lugar de sentirme mal y auto-compadecerme opto por gritar ¡Eureka! ¡He encontrado la primera pista para comenzar a hacer las cosas bien! ¡He conseguido mi primer logro!

Pero una vez que encontramos lo que está mal, inicia lo complicado: tomar la decisión de cambiar, de mejorar lo que tiene que ser mejorado. Por un tiempo me costó entender que para poder saber hacia donde tengo que ir y eliminar el miedo que me produce el cambio, primero debo ver donde estoy parada y visualizar todo lo bueno que puedo lograr si cruzo el umbral de mi zona de confort y así salir en busca de una puerta nueva, este último es el segundo paso: visualizarse a sí mismo haciendo todo aquello qué haríamos si no tuviéramos miedo (que también nos da fuerza para continuar).

Este segundo paso también está compuesto por darnos a la tarea de crear cada uno de nosotros una visión de lo que queremos lograr, y es necesario definir bajo qué creencias, percepciones, valores y principios vamos a sustentar nuestras acciones para que éstas estén dirigidas por el mapa correcto hacia lo que es verdaderamente significativo.

Ojo, en el proceso el miedo puede regresar y angustiarnos, pero lo primero que debemos hacer es imaginarnos en una situación positiva, contrario a lo negativo que nos ha sucedido por estar en nuestra zona de confort. Preguntarnos qué pasaría si comenzáramos a hacer algo diferente para lograr resultados nuevos, más satisfactorios y completos.

Finalmente tenemos el tercer paso que es priorizar, decidir lo que por ahora es más importante cambiar. Este trata de la capacidad de priorizar las actividades de nuestra vida para enfocarse en lo que es realmente importante y así no desperdiciar energías en esas cosas que solo hacen que vivamos en crisis, a prisa y desesperados por realizar.

Para identificar todas esas actividades importantes debemos ver si estas aportan a nuestra visión de la vida y a hacer de nosotros alguien mejor. Una amiga una vez me dijo:

“Eliminá de tu vida todo lo que te reste y no te sume”.

Llegando casi al final, tenemos que lo primero es reconocer que nosotros somos los arquitectos de nuestra propia vida y auto-examinarse, para identificar bajo qué percepciones estamos tomando esas decisiones que nos pueden estar afectando de manera negativa; lo segundo es ver donde estamos parados, ver hacia donde queremos ir porque la vida de cada uno de nosotros tiene un sentido, una razón de ser; también preguntarnos que haríamos si no tuviéramos miedo y tercero, priorizar cuales serán las percepciones y actitudes que tenemos que cambiar para distribuir nuestras energías de forma más eficiente.

Se que salir de la zona de confort y cambiar no es fácil, de hecho requiere de mucho coraje y valentía, principalmente cuando nuestra mayor barrera somos nosotros mismos. Sin embargo, el cambio es necesario y también es inevitable. Aunque nos cause miedo debemos movernos hacia una nueva dirección, porque solo así podremos reinventarnos, obtener mejores resultados y dejar esos patrones de comportamiento que solo nos restan.

Cierto es, que el cambio requiere de invertir tiempo en examinar lo que tenemos dentro de nuestros pensamientos y emociones, sin embargo, hoy les puedo decir que vale la pena, porque gracias a esos cambios que he hecho hoy estoy aquí haciendo lo que me apasiona.

Me despido con esta frase que responde al título de mi post y que también la llevo dentro de mi:

 

“Si no cambias, te puedes extinguir” – Spencer Johnson (1998)


Links para descargar libros

1- Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva:

Haz clic para acceder a 9.Los7Habitosde%20laGente%20AltamenteEfectiva.pdf

2- ¿Quién se ha llevado mi queso?

Haz clic para acceder a Quien-se-ha-llevado-mi-queso.pdf

 

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