El encuentro


Esa mañana salí sin imaginar lo que podía pasar. Cerré la puerta de la casa, avanzaba a paso lento para apreciar el amanecer, mi mente, mis recuerdos hacía ya tiempo que habían enterrado esa etapa de mi vida. En ese instante me encontraba serena, pensando en lo feliz que había aprendido a ser conmigo misma. Hoy puedo decir que ese día me hubiera gustado que las cosas dieran un giro inesperado y que hubiera ocurrido lo que en algún momento hasta soñé despierta, pero hoy, hoy estoy sentada contado este episodio, este pedazo de lo que un día fue una historia.

La mañana estaba impecable, hecha para ser un buen día, el cielo estaba limpio, bañado por un azul celeste que se esparcía hasta el horizonte, el viento suave y delicado al roce, los árboles se movían de un lado a otro, como agradeciendo por un nuevo día y el sol, señor de señores, en medio de todo el escenario dispuesto a ser el protagonista.

Las personas iban de aquí a allá, despiertas, por todas partes, listas para iniciar lo que sería la misma pero necesaria rutina. Mis clases de fotografía eran a las nueve de la mañana en la única escuela de artes plásticas del país, a un kilómetro y medio de distancia la cual me proponía recorrer caminando en lugar de tomar un taxi o ir en bicicleta. Mis pasos eran seguros, mi mirada determinada, me sentía diferente a la persona que habitaba este cuerpo seis meses atrás.

Tenía que cruzar la calle, volteé a ambos lados y esperé a que el semáforo se pusiera en rojo para poder pasar, de pronto sentí a alguien a la par mía, normalmente no suelo observar por largo rato a todo el que pasa cerca de mí, solo me limito a ver las calles como un todo y al cielo más como una obra de arte, pero algo en mi cabeza, una voz que no me hablaba desde hace un tiempo me dijo: “¿Qué esperás para voltear?”

Lo hice, y dejé de respirar. Estaba ahí, frente a mí, entonces esa sensación de seguridad me abandonó, el corazón me palpitaba como si el mundo dependiera de ello, las manos me temblaban y un suspiro travieso quería salir, sin embargo hice acopio de todo mi auto control para parecer menos nerviosa.

-Edith ¡qué sorpresa! ¿Cómo… cómo has estado? Yo…- volví a escucharlo, a él, a esa voz que hasta en ese momento no era más que un sonido sin eco, una llamada perdida, un vestigio del pasado.

-Sebastián- dije casi susurrando- todo, todo bien y vos ¿cómo te ha ido?- quería dejar de verlo, que mi ojos no buscaran los suyos, pero ahí estaban nuestras miradas, encontrándose como viejos amigos.

-Es increíble cómo nos encontramos, las casualidades de la vida- dijo sonriendo de medio lado mientras se tocaba la parte de atrás de su cabeza, una manía que solía hacer cuando estaba nervioso.

-Así es… he visto que te ha ido bien, el último de tus retratos es una maravilla- solté de pronto sin pensarlo, sin darme cuenta que le estaba diciendo que todavía seguía al tanto de él…- quise taparme la boca como hace una niña cuando dice algo indebido, pero me limité a sonreí con mucha pena de mi misma al recordar todas esas noches que seguía su rastro, como una sombra, como un guardián.

-Gracias a Dios sí, hoy las cosas están mejor que antes, y a vos tampoco te ha ido mal, tus fotografías son un arte, siempre me gustaron- sus mejías se sonrojaron.

“Lo sé” pensé.

-Muchas gracias…- el suspiro salió. ¿Qué más daba que supiera que aún me ponía nerviosa? Apartamos la mirada con mucha pena, se hizo el silencio, la alarma de que era hora de decir adiós y cruzar la calle. De pronto se me vino a la mente una sola pregunta, de nuevo, sin pensarlo, las palabras comenzaron a salir para juntarse con las suyas que resultaron ser las mismas.

-Y ¿estás saliendo con alguien?

-¿Salís con alguien?- nos reímos, como dos tontos. Él fue el primero en responder y jamás pensé que sentiría tal alivio al escuchar su respuesta, un alivio que luego se convirtió en impotencia.

-Todavía mantengo lo que hablamos por última vez, eso quiere decir que estoy solo.

-Vaya, yo, bueno, ya sabés como soy yo, me he enfocado solo en mis proyectos y…

-Seguís sola…- terminó la frase por mí.

Entonces surgió en el aire, como una idea construida por dos personas que quizá seguían sintiendo lo mismo el uno por el otro. Daban ganas, la oportunidad rebotaba, la necesidad de decir: “¿Qué pasa si nos vemos luego? ¿Te gustaría ir por ahí a tomar un café conmigo y recordar los buenos tiempos? Pero no lo hizo, ni yo. Solo quedó el pensamiento en nuestras mentes, martillando nuestros corazones, revolviendo nuestros recuerdos.  Y en lo personal me quedó un nudo en la garganta, el mal sabor de un amor incompleto, de un capítulo aparentemente cerrado.

De pronto sonó mi celular y eso nos sacó del ensimismamiento, de la nube en que estábamos. Era mi profesor, se me hacía tarde. Sebastián me observaba como si quisiera grabar mi rostro en su memoria, reí en mis adentros, tantas veces que nos vimos y parecía como si fuera la primera vez. Pero podía entenderlo, quizá yo no lo miraba con la mismas ansias pero no porque no lo quisiera, sino porque su rostro ya se había quedado en mi memoria. A veces me miraba al espejo, o cerraba los ojos o simplemente miraba al exterior y me parecía que sus ojos cafés seguían ahí buscando los míos.

Colgué la llama, la incomodidad nos rodeaba.

-Debo irme- dije como si se tratara de un adiós definitivo, quizá lo era, mejor dicho, lo fue- la sonrisa poco a poco le desapareció del rostro y yo también sentí la tristeza caer sobre mis hombros.

-Nos vemos Edith, cuidate y que Dios te bendiga.

-Adiós Sebastián-e hice una mueca que pretendía ser una sonrisa, y antes que colocara un beso en mi mejía o me diera la mano decidí cruzar la calle sin voltear, sin dudar, seguir de frente a pesar que mis sentimientos me rogaban regresar. “Te quiero” susurré ya lejos cuando no podía escucharme.


 

Autor: 

María de Cristo Cano

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