“Vivir el presente, no ver hacia atrás”.


“Donde todos piensan igual nadie piensa mucho”.

Walter Lippmann.


 

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Este post es una mezcla de mis propias experiencias y las de otras personas, la redacción está en primera persona y no estrictamente soy yo quien lo relata, de hecho el mensaje de esta entrada lo expresa una joven adulta, que puede ser tu mejor amiga, tu hermana, la muchacha que sale a vender a la calle, la desconocida que compra en el supermercado, la compañera de clases que se sienta sola en una esquina, vos, yo… Alguien que haya pensado en esto alguna vez.

“Estaba sentada en la banca de un parque viendo el ocaso, la forma decadente en que el sol se oculta, tratando solo de existir y no pensar, a pesar de tener muchas decisiones que tomar a la vuelta de la esquina.

Decisiones. Pensé de pronto inevitablemente; el silencio en mi mente duró lo que un suspiro y me reí de misma porque siempre era lo mismo, decir que tomaría un día para no pensar en nada y al final darle vueltas a todo e irremediablemente volver a intentarlo. ¿Persistencia o terquedad? No lo sé.

Recuerdo cuando tenía 14 años, la adolescencia me daba la bienvenida y con ella esa sensación de que por cualquier cosa el mundo se venía encima de mi; los típicos problemas del colegio, las inseguridades en mi misma, esa época en que la rebeldía era el primer mecanismo de defensa contra todo lo que yo consideraba amenaza hacia mi persona, y las discusiones con mi madre que eran la orden del día. Todos esos factores me hacían creer que la vida era difícil. ¡Cuánto me faltaba por ver el mundo y lo que todavía no he vivido!

Entonces seguí creciendo, yendo contracorriente, tratando de hacer lo correcto en medio de un mundo lleno de “verdades relativas”. En muchas ocasiones creí saber algo de la vida, pero fue hasta que alcancé cierto grado de independencia que me dí cuenta de lo equivocada que estaba, fue como si quitaran de mis ojos una venda, mostrándome una sola realidad: que había vivido en una burbuja durante toda mi vida.

El bullying, los chismes, los desamores en plena adolescencia, la búsqueda de pertenencia a un grupo, el miedo a ser yo misma, todo, absolutamente todo perdía el nivel de gravedad que una vez yo le había dado.

Recuerdo que sucedió ese día, el día en que puse el píe en aquel lugar que sería mi primer trabajo, fue ahí cuando entendí lo que una vez me dijeron: “la vida es una cosa de lucha continua”. Ahí me encontré con varios escenarios que siempre estarán presentes, como por ejemplo, personas que van a querer desestabilizarte emocionalmente porque ellos ya están podridos por dentro y como no hay nada más para ellos ¿por qué no arruinar a otros?

Burlas y chismes en el colegio se convierten en serias difamaciones que pueden poner en riesgo tu permanencia en el trabajo, y principalmente manchar tu reputación hasta el punto que en un futuro sean pocos los que confíen en la persona que sos. Tener que trabajar para pagar la renta y el pan, el temor de salir en el recorte de personal, la insatisfacción de no estar haciendo lo que más amás, y al mismo tiempo seguir soñando y ver de qué manera costear esos sueños.

Y si sos una joven adulta embarazada no imagino como incrementa el nivel de inseguridad, estrés, ansiedad… Pensar que tu vida se detuvo el mismo día en que te diste cuenta que estabas esperando un bebé (que es lo que la mayoría piensa). O si sos el hermano (a) mayor de una familia que con esfuerzo ha sobrevivido a las presiones del capitalismo y al creciente consumismo. Ese hermano que debe cuidar de los menores y comenzar a trabajar lo más pronto posible para salir de la pobreza y probablemente dejar los estudios a un lado.

¿Y qué de los jóvenes que se quedaron sin padres no necesariamente por causa de muerte sino porque tuvieron que emigrar? ¿Jóvenes que han sido criados por abuelos o tíos que en varios casos han abusado mental, física y psicológicamente de ellos?

Son tantos los escenarios, tantas las adversidades y aún así, sin importar lo duro o difícil que la situación puede tonarse la vida sigue, tenemos que salir al mundo, en un país donde un apellido tiene más valor que los conocimientos y habilidades que poseamos, donde el precio de la canasta básica es superior al salario mínimo, donde los diputados ganan más del doble que un profesor solo por dormir y reunirse cada dos semanas para rendirle culto a un caudillo. Tenés que salir, no hay opción, no hay escuela que nos prepare más que la vida misma, a menos que por nuestra cuenta busquemos a un mentor que nos de estrategias de como esquivar ciertos golpes de la vida y a entender mejor el comportamiento humano.

Y todavía salimos con fracturas internas, con problemas psicológicos, con trastornos de personalidad, con un nivel de autoestima deficiente, claro está que no aplica a todos los casos, pero lo que trato de decir es que siempre hay algo dentro de nosotros que debe ser corregido y que cargamos con ello vayamos donde vayamos porque no somos perfectos, porque la escuela que recibimos en casa no fue perfecta.

Si después de todo esto todavía viene alguien a decirme “no pensés en el mañana” “viví el presente” u otras frases que sutilmente quieren alienarme de la realidad, de verdad pienso que es una tontería.

No podemos desligarnos de las enseñanzas del pasado, pues eso nos recuerda los errores que no debemos cometer de nuevo; ni tampoco del futuro, porque de no prepararnos para lo que viene podemos llegar a convertirnos en eso que una vez no deseamos ser.

No digo que debemos ahogarnos dándole vueltas a los problemas, en lugar de ello hay que buscar soluciones y posibles planes para evitar lo que nos puede hacer daño, ¡y está bien estirar los pies por un día y pensar en cosas sin sentido! Pero eso no significa que vamos a desconectarnos de nuestra realidad y pensar como los otros que en realidad no es pensar.

Los extremos son malos, inclusive cuando se trata de pensar, no es cuestión que voy a ignorar lo que ocurre en mi vida y en el mundo completamente o que voy a vivir agobiada por tantas ideas que incluso algunas están fuera de contexto, no. Si veo hacia atrás que sea para mantener vivo el aprendizaje que una vez me quedó de las experiencias; en el presente aprovechar cada día como si fuera el último, y ver hacia el futuro para informarme, no sea que por negligencia eche a perder mi vida.

– ¿Pensando en voz alta de nuevo?- me preguntó mi mejor amigo”.


Dedicado a Harley Alonso, un fiel lector y a todos ustedes.

 

 

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